Selah

Ahora · Reacción · 3 de septiembre de 2026

Por delante del agua

Un glaciar cayó sobre el Bhote Koshi y destruyó los sensores que debían avisar de la riada; lo que se mantuvo por delante del agua fue una llamada telefónica, pasada de persona a persona.

Qué pasó. La mañana del 26 de agosto, una sección colgante del glaciar del Langtang Lirung, un pico del Himalaya al norte de Katmandú, se desprendió y cayó. Unos cien millones de metros cúbicos de hielo y roca se precipitaron desde unos 5.000 metros y represaron el río Lhende Khola, cerca de la frontera entre Nepal y China. Cuando esa presa de escombros reventó, una pared de agua, lodo y rocas arrasó la garganta del Bhote Koshi, llevándose el paso fronterizo de Rasuwagadhi, puentes, centrales hidroeléctricas y largos tramos de la única carretera que une Katmandú con el Tíbet.

Para el 31 de agosto, la autoridad de desastres de Nepal contaba 903 muertos y más de 4.300 desaparecidos, según la emisora estatal Radio Nepal. Para el 2 de septiembre, los muertos confirmados en Nepal superaban los 1.200, con miles aún sin localizar a ambos lados de la frontera, entre ellos peregrinos rumbo al monte Kailash y cientos de trabajadores de las hidroeléctricas. Casi 1,6 millones de personas están afectadas. Es el desastre más mortífero de Nepal desde el terremoto de 2015.

Por qué importa. Este es el hilo del que vale la pena tirar. A las 8:40 de esa mañana, los medidores automáticos del río en Rasuwagadhi enmudecieron: la riada destruyó los instrumentos construidos para anunciarla. Durante veinte minutos, el sistema de alerta temprana del país estuvo ciego. Luego, a las 9:00, la División de Pronóstico de Inundaciones en Katmandú se enteró de la riada por el método más antiguo que existe: una llamada telefónica desde la oficina de la administración del distrito en Dhunche, seguida del aviso de un observador río abajo, en Betrawati. A las 9:15 salieron las primeras alertas. En un minuto, 679.295 mensajes de texto llegaron a los teléfonos a lo largo del río, según informó el Nepali Times. En Bidur, el director de una escuela trasladó a sus 1.643 alumnos a terreno alto antes de que llegara el flujo de escombros. Hasta Devghat, aguas abajo, los avisos se mantuvieron por delante del agua.

Río arriba no hubo minutos que dar. Los asentamientos más cercanos a la frontera fueron golpeados antes de que pudiera enviarse la primera alerta. Esa asimetría — miles de vidas salvadas por una llamada transmitida de mano en mano, miles de nombres todavía en una lista de desaparecidos — es la forma de este desastre.

Los glaciólogos que estudian el colapso señalan que los glaciares de la región retrocedieron entre 2000 y 2023 aproximadamente 1,5 veces más rápido que en las cuatro décadas anteriores, y que las zonas de alta montaña por encima de los 4.000 metros se han calentado alrededor de 0,31 °C por década, dejando hielo sobre laderas que ya no pueden sostenerlo. Nepal ya discute sobre sensores, umbrales y presupuestos. Esas discusiones importan. No son toda la historia.

Vale la pena detenerse. Cuando las máquinas se apagaron, lo que quedó entre el agua y el valle fue la atención: un funcionario que confió en lo que oyó, un observador que lo pasó, un director que no esperó a estar seguro. El sistema de alerta temprana más antiguo es una persona que se da cuenta y se lo dice a alguien. La mayoría de nosotros nunca hará una llamada así. Todos estamos en algún punto de la cadena de alguien. Vale la pena preguntarse, esta semana, si contestaríamos.