Selah

3 de septiembre de 2026 · Salmo 131

Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas para mí demasiado sublimes. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma, como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma.

Salmo 131:1–2 (Reina-Valera 1909)

No me toca resolverlo

Un bebé con hambre es puro puño y boca desesperada: una maquinita de conseguir comida. Un niño ya destetado, en el mismo regazo, es otra criatura: dos años, el llanto terminado, la mejilla contra la clavícula, pesado y tibio. El regazo no cambió. Cambió el niño. Dejó de exigir y aun así se quedó. El destete, visto desde el niño, no fue suave. Hubo protesta. Ya pasó.

Ese es todo el salmo. El que escribe no presume respuestas. Dice lo contrario: hay asuntos demasiado grandes para mí, y dejé de trabajarlos. No porque se resolvieran, sino porque los soltó. «He acallado mi alma.» Es un verbo. Algo que hizo, a propósito, probablemente más de una vez.

Tú tienes preguntas que no cierran. Si elegiste bien. Si la persona que perdiste está en alguna parte. Puedes seguir royéndolas esta noche, o puedes ser el niño mayor: todavía cerca del misterio, pero sin exigirle que te alimente según tu horario. La calma no es el premio por entenderlo todo. Es lo que se vuelve posible cuando admites que no lo harás.

Una pregunta

¿Qué pregunta podrías soltar, solo por hoy?

Una oración

Si algo más grande que yo sostiene todo esto, entonces no tengo que ser yo.