Selah

5 de septiembre de 2026 · Salmo 62

Alma mía, en Dios solamente reposa; porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi fuerte y mi salud: es mi refugio, no resbalaré.

Salmo 62:5–6 (Reina-Valera 1909)

La puerta de llegadas

En la zona de llegadas de un aeropuerto nadie está haciendo nada. De pie, los ojos fijos en las puertas correderas, el café enfriándose en la mano. Según cualquier métrica de productividad, es tiempo perdido. Pero nadie ahí lo llamaría vacío. Esa espera tiene un rostro al otro lado.

Así es el silencio del Salmo 62. «En Dios solamente está callada mi alma», arranca el poema. El que escribe no está vaciando la cabeza ni persiguiendo calma. Su silencio apunta a alguna parte. Tiene dirección, destinatario. Se calla como uno se calla frente a esas puertas: porque hablar estaría de más, y porque alguien viene.

La mayoría tratamos el silencio como un hueco en la señal: auriculares para el trayecto, teléfono en la cola, cualquier cosa menos el zumbido de la propia cabeza. Quizá es porque nuestro silencio no mira a nada, y un silencio que no mira a nada se siente como caer. Prueba hoy un rato de silencio que mire a alguna parte. No hace falta estar seguro de que alguien cruzará las puertas. Los de llegadas tampoco lo están: los vuelos se retrasan, los planes cambian. Aun así se quedan. Esperar es solo la esperanza, quieta y de pie.

Una pregunta

¿Hacia dónde mira tu silencio?

Una oración

Si hay alguien al otro lado de este silencio, puedo esperar.