Vida · Ensayo · 14 de octubre de 2026

Lo que Dios juntó se puede apartar
En noviembre de 2015, un predicador checo dijo en voz alta una frase que aquel otoño no se podía decir en Roma. Diez años después, en un país donde se casa menos gente que nunca desde el final de la Primera Guerra Mundial, esa frase alcanza por primera vez, y por igual, a dos personas libres.
Una cena quemada. Para la escuela del rabino Hillel, con eso bastaba: el hombre a quien su mujer le había estropeado la comida había hallado en ella «alguna cosa torpe» en el sentido del Deuteronomio, y podía escribirle carta de repudio. La escuela de Shammai sostenía que la cosa torpe era la impudicia y nada menos. El rabino Akiva añadió más tarde una tercera opción: basta con que encuentres a una más bonita. Todo esto está escrito en la Misná, en el tratado Guitín, y no es una caricatura. Es el acta de un debate jurídico serio.
En medio de ese debate se acercaron a Jesús los fariseos con una pregunta que suena a examen porque lo era: «¿Es lícito al hombre repudiar á su mujer por cualquiera causa?». Por cualquiera causa. Dicho de otro modo: ¿Hillel o Shammai? ¿En qué bando estás?
Un sermón de noviembre de 2015
En noviembre de 2015, un predicador protestante, que en el blog Bible a Historie escribe solo como franciscus y, según su perfil, desde Praga, predicó sobre este texto y publicó allí el sermón, donde todavía hoy puede leerse. Dos semanas antes había terminado en Roma el Sínodo de los Obispos sobre la familia, tras tres semanas de disputa sobre, entre otras cosas, si los católicos divorciados y vueltos a casar pueden comulgar. En septiembre, el papa Francisco había anunciado un proceso más sencillo para declarar nulo un matrimonio, es decir, para establecer que nunca existió, con efecto desde diciembre, y medio año después publicaría Amoris laetitia, una exhortación por una de cuyas notas al pie la Iglesia discutió luego durante años. Así fue aquel otoño: la pelea cristiana más ruidosa sobre los divorciados que yo recuerdo.
En medio de todo eso, el predicador dijo algo que con tanto ruido costaba oír. Que los fariseos hacían una pregunta falsa. No habían venido a preguntar qué quiere Dios; habían venido a que les confirmaran lo que ya sabían. Y Jesús les devolvió la pregunta: «¿Qué os mandó Moisés?». Ellos: Moisés permitió escribir la carta. Él: por la dureza de vuestro corazón. La carta de Moisés no era un mandamiento, era una concesión. El predicador lo dijo con más filo todavía: un consejo sobre cómo elegir, entre soluciones que son todas malas, la menos mala. Cómo limitar un daño que va a llegar de todos modos, no porque la creación sea defectuosa, sino porque lo somos nosotros.
Y entonces, la frase por la que escribo esto. Jesús no dice que lo que Dios juntó el hombre no lo puede apartar. Dice: «lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre». Eso no es constatar que no se puede. Es un mandato, y un mandato solo tiene sentido allí donde la cosa se puede hacer. «No lo hagas, hombre», parafraseó el predicador. «No lo hagas por tu propio bien. No por la ley de Dios. Ni por mí. Por tu propio bien: no lo hagas».
Un matrimonio se puede disolver, dijo el predicador en voz alta en 2015. En Roma nadie lo dijo aquel otoño, ni en un susurro: el sínodo discutía qué hacer con la gente cuyo matrimonio se había roto, no si el vínculo puede romperse.
Es una frase protestante y le dejo su filo. Un católico lee en ella la negación directa de lo que confiesa: el matrimonio válido y consumado entre bautizados no lo puede disolver ningún poder humano. La ortodoxia tiene una tercera vía: el matrimonio es indisoluble, pero puede morir; la Iglesia, por misericordia, lo reconoce y permite un segundo matrimonio con oraciones penitenciales en lugar de la coronación. El predicador está del primer lado. Yo tomo de él solo lo que vale en los tres: un mandato, no una constatación.
La voluntad de Dios es clara, siguió, y se llama fidelidad. El fracaso humano se puede perdonar. El divorcio es la consecuencia de un pecado que puede ser perdonado, «pero siempre se queda en un mal menor, un fracaso, una advertencia y una carga cuyas consecuencias llevamos, en alguna medida, toda la vida». Y cuándo podemos divorciarnos, nadie nos lo va a decir. Es cuestión de conciencia.
Diez años después
El año 2025, tal como lo sumó esta primavera la Oficina Checa de Estadística: 42.500 bodas, la cifra más baja desde el final de la Primera Guerra Mundial. 21.200 divorcios; el 41 por ciento de los matrimonios acaba en uno. Casi la mitad de los niños, el 46,8 por ciento, nacieron fuera del matrimonio.
La pregunta de los fariseos ya no la hace nadie. Si es lícito repudiar a la mujer, o al marido, que Marcos también incluye, por si acaso, no es una pregunta en 2026. Es un formulario. El juzgado no pregunta por la cosa torpe. Hillel ganó de forma tan aplastante que nadie necesita citarlo; una cena quemada sería hoy un motivo innecesariamente complicado.
La pregunta viva se ha movido cuatro versículos más allá, hasta una línea de esa historia que casi nadie recuerda. Cuando Jesús terminó, hablaron sus discípulos: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse». Si las cosas son así, mejor no casarse en absoluto. Estos no son fariseos. Son los suyos. Y es el registro más antiguo que conozco de una postura que, dos mil años después, la mayoría del país en que vivo ha hecho suya sin necesitar a Mateo para eso: si no se puede desatar sin consecuencias, mejor no atarlo. Ese 41 por ciento y esa casi mitad de los niños son dos caras de la misma frase.
Jesús no contradijo a los discípulos. Dijo: «No todos reciben esta palabra, sino aquellos á quienes es dado». El predicador llegó en 2015 a la misma frase desde el otro lado, desde la creación, y suena laxa y no lo es: el matrimonio no es un deber. Es una posibilidad. Un regalo, no una orden. Nadie tiene que entrar en él. Y precisamente porque nadie tiene que hacerlo, el mandato vale solo para quien entró, y le vale por su propio bien.
Para quién tiene sentido un mandato
En 2015 el predicador hablaba a gente con su parte de fracasos a la espalda, quizá también en el matrimonio; necesitaba oír que el divorcio no es el final de la gracia. En 2026 este texto lo lee más bien alguien que no se ha casado y no ve por qué debería. O alguien que está casado y lleva en el bolsillo una salida que no cuesta nada. Para los dos vale lo mismo que para los fariseos: la pregunta «¿se puede?» es falsa. Se puede, al menos en el sentido en que lo preguntaban los fariseos: nadie te lo va a impedir. Moisés lo permitió, el Estado lo permite. Lo único que queda es la frase de Jesús. Y no se dirige a ellos. Se dirige al hombre, es decir, a mí.
Reconozco lo que me molesta de esa frase. Se pronunció en una época en que la mujer, según la Ley, no podía escribir la carta en absoluto, y el marido podía escribirla por una cena quemada; el mandato protegía entonces a la que no podía quebrantarlo. Hoy pueden irse los dos, y así, por primera vez en la historia, el mandato alcanza por igual a dos personas libres. Eso no es su fin. Es la primera época en que siquiera se puede obedecer. Mientras no te puedes ir, no lo apartes no significa nada; solo donde irse no cuesta nada tiene peso esa frase, y pesa más de lo que se puede cargar.
La dureza de corazón para la que Moisés escribió la carta la conozco. No por los sermones. El predicador terminó con una imagen que, dijo, alguien había usado antes que él: el matrimonio es un yugo tan pesado que a veces hacen falta tres para llevarlo. En 2015 sonaba a consuelo. En 2026 lo leo como un diagnóstico. Dos personas que pueden irse en cualquier momento, y se quedan, no necesitan una ley. Necesitan a un tercero. El predicador le puso nombre: Dios en Cristo, el autor de la frase. Yo no le he encontrado otro.