Mientras callé, envejeciéronse mis huesos en mi gemir todo el día. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones á Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. (Selah.)
Salmo 32:3, 5 (Reina-Valera 1909)
Mientras callé
Esta revista publica silencio a diario. Hoy hace una excepción. El Salmo 32 conoce dos silencios, y solo uno de ellos cura. El otro lo describe con exactitud: mientras callé, envejeciéronse mis huesos. No «estaba triste». Huesos. Algo no dicho, cargado de día y de noche, aparece en el cuerpo antes que en la cabeza; sequedades de estío, dice el salmo, y quien haya cargado alguna vez una mentira, o una deuda, o una disculpa que debía, sabe de qué clima habla.
Luego una sola frase, sin preparación: mi pecado te declaré. Ningún programa de enmienda, ningún plazo. Lo dijo en voz alta a quien ya lo sabía, y los huesos volvieron. Entre las dos mitades del salmo está la palabra que da nombre a esta revista. Selah. Pausa. Deja que se asiente. Como si el salmista necesitara un momento antes de poder creer que había sido tan fácil.
Así que la pausa de hoy no va de callar. Va de esa única frase que cargas y que podrías decir en tres segundos si quisieras. Nadie tiene que oírla salvo quien ya la sabe. El resto es silencio, esta vez del bueno.
¿Qué frase llevas hoy sin decir?
Sé que lo sabes. Te lo digo igual.