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Vida · Ensayo · 14 de octubre de 2026

Irse sabe cualquiera

El divorcio es un formulario. Justo por eso «no lo aparte el hombre» es, por primera vez en la historia, una frase para todos. Y para ti.

Irse es hoy lo más fácil del mundo. De un trabajo, de una iglesia, de un grupo de chat, de un matrimonio. El juzgado no pregunta por qué. Nadie pregunta por qué. «No funcionaba» es una frase completa, y después de ella ya no se dice nada.

Hace dos mil años, sí preguntaban. Se acercaron a Jesús con una pregunta de abogado: ¿es lícito? ¿Y por qué causas? Se discutía sobre eso como hoy se discute sobre los límites de velocidad. Jesús no tomó partido. Dijo que Moisés había permitido el divorcio por la dureza de su corazón. No como mandamiento; como concesión. Un seguro contra un daño que iba a llegar de todos modos. Y luego: «lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre».

Un predicador protestante dijo en un sermón, en noviembre de 2015, algo sobre esa frase que yo no había oído antes. Jesús no dice que el hombre no lo puede apartar. Dice: no lo aparte. No es la descripción de algo imposible. Es un mandato. Y un mandato solo se le da a quien puede hacerlo. Nadie le dice «no vueles» a quien no tiene alas.

Así que la frase no es para santos. Es para ti. A una mujer del siglo primero nadie tenía que decírsela; la carta de repudio solo la podía escribir el marido. Hoy puedes irte tú, puede irse ella, y el juzgado lo firma. En 2025 se casaron en la República Checa 42.500 parejas, la cifra más baja desde el final de la Primera Guerra Mundial, y se divorciaron 21.200. Esa frase esperó dos mil años a un público que pudiera irse. Eres tú.

Y aquí el predicador tiene más filo que todos los que imprimen la frase en las invitaciones de boda. «No lo hagas, hombre. Por tu propio bien, no lo hagas. No por la ley de Dios. Ni por mí». Sin castigo. Sin infierno. Solo alguien que te conoce y te dice: esto te lo vas a hacer a ti mismo. A una ley se le puede responder con un abogado. A esto, no.

Los discípulos lo entendieron al instante y respondieron como buenos checos: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse». Si no se puede desatar, mejor no atarlo. Jesús no discutió. «No todos reciben esta palabra, sino aquellos á quienes es dado». No obligó a nadie. El matrimonio no es un deber; es una posibilidad. Nadie tiene que meterse bajo el yugo.

Y para quienes ya se fueron, la misma historia tiene otra frase, y el predicador también la citó: «Ni yo te condeno: vete, y no peques más». El divorcio no es el final de la gracia. Es una cicatriz, no una sentencia. El predicador dijo también lo que hoy nadie dice: que la cicatriz se queda. Que se lleva encima. Que la gracia no quiere decir que no doliera.

No escribo esto desde fuera. Yo también me voy: de trabajos, de iglesias, de amistades, de cualquier cosa que empieza a costar más de lo que esperaba. El matrimonio es solo el sitio donde más cuesta y donde uno menos lo reconoce. La frase me molesta justo porque va dirigida a mí.

El predicador terminó con una imagen que, según dijo, había tomado de otro: el matrimonio es un yugo tan pesado que a veces hacen falta tres para llevarlo. Dos personas que pueden irse en cualquier momento, y se quedan, no necesitan una ley. Necesitan a un tercero. El predicador le puso nombre: Dios en Cristo. Yo no he encontrado otro, y he buscado.